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LA CRISIS ALIMENTARIA Y LA DANZA DE LOS MILLONES.

Cuando el hambre, identificada como uno de los jinetes de la Apocalipsis, amenaza la vida de millones de personas en el planeta, un pequeño grupo saca provecho del desastre que se cierne sobre pueblos enteros.
Entre los que ven los toros desde la barrera, están las grandes corporaciones imbricadas en el negocio de los alimentos.
En el selecto grupo de quienes dominan la mayoría de las transacciones de alimentos a nivel planetario, están firmas de Canadá, Estados Unidos, Francia, Israel, China y Alemania, las que en conjunto registraron en el primer trimestre de este año ganancias adicionales por encima de los SEIS MIL MILLONES de dólares, amparadas por la subida de los precios y las operaciones de especulación, acción esa última que pone los ojos en la billetera, sin mirar los estómagos vacíos de millones de seres humanos.
Las galopantes ganancias que registran las multinacionales que controlan el comercio de los alimentos, nada tienen que ver con la creación de nuevos valores o una súbita alza de la demanda.
Las enormes ganancias de ese pequeño grupo de empresas, es el reflejo del enorme poder que han acumulado amparadas en las normas que rigen el comercio mundial y los mecanismos de control de los precios, impuestos desde el Norte desarrollado. Bajo una máxima innegable de “la gente tiene que comer, cualquiera que sea el costo”, los mercaderes de los alimentos están apostando por una espiral de alza en los precios, en muchos casos impagables para los pobres, situación que ha provocado en varias latitudes más de un estallido social, protagonizados por quienes atenazados por el hambre y sin mucho que perder, están dispuestos a defender su derecho a la vida.
La situación que hoy enfrenta el planeta con los alimentos, es el resultado de políticas impuestas desde los grandes centros de poder.
Atrincherada en las organizaciones crediticias y bancarias, una elite de ricos ha obligado a los países pobres a implementar el libre mercado, propio del modelo neoliberal, estructura diseñada en favor de compañías, inversionistas y especuladores y que se impuso a sangre y fuego desde los ya lejanos años ochenta del pasado siglo.
Agarrados en su propia trampa y ante el peligro de estallidos sociales incontrolables, los ricos improvisan ahora formulas que frenen el problema. Medidas de emergencia y cambios de estrategias se escuchan desde el propio Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, sin dudas puntas de lanzas de las políticas neoliberales que han arrinconado a la humanidad a la actual situación.
Convencidos que dada la profundidad de la crisis lo pueden perder todo, los propios centros de poder están buscando fórmulas, aunque mediatizadas, para apaciguar los ánimos.
Si bien es necesario aplicar medidas para bajar los precios de los alimentos y hacer que lleguen a quienes los necesitan, es aún más imperioso dar un giro para apoyar y proteger a los agricultores, pescadores y otros que producen alimentos para sus familias, para los mercados locales y para la gente de las ciudades, en lugar de un mercado internacional en beneficio de un clan de empresas. Abrir espacios a la seguridad e independencia alimentaria de los pueblos es tarea de hoy y sin plazos para mañana.

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