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ALGO HUELE A PODRIDO EN BÉLGICA

Bruselas se debate entre vivir entre la basura o someterse a grandes multas. Expresión de la irracionalidad del mundo donde vivimos.
Este material proviene de un Blog del periódico español El Mundo.
Por: MARÍA RAMÍREZ desde BRUSELAS (Blog de El Mundo)

Es literal. Una mañana de bochorno como hoy la cocina, las escaleras, el patio, las calles, el viento, el gimnasio… Todo huele a podrido. El aroma tiene una fuente muy clara: la montaña de basuras que se acumulan en las aceras y que han estado macerando durante días en las casas bruselenses; algunas están rodeadas de mosquitos; sobre otras, trepan babosas.
En la rica capital de la UE, se recoge la basura sólo dos veces a la semana y ni siquiera toda –una vez para la mayoría de residuos no orgánicos- según un intrincado plan por barrios, colores y rígidas normas.
Si se saca antes de lo previsto, con la bolsa equivocada –sólo se admite la oficial de cada ciudad- o el color erróneo, o si se intenta colocar en alguna papelera, puede caer una sustanciosa multa. Ante cualquier sospecha de transgresión, los basureros abren las bolsas en busca de pistas, como un nombre perdido en una factura o un periódico que delate al infractor. Si la bolsa no está colocada en el lugar de la acera adecuado, si hay que estirar un brazo para alcanzarla, el basurero pasa sin inmutarse y la deja pudrirse unos días más. A veces, incluso cumpliendo todas las reglas, alguna se queda trágicamente olvidada en la acera.
En uno de los países con la presión fiscal más alta de la UE (aunque con subsidios de paro privilegiados y un porcentaje récord de funcionarios públicos), sus opulentos habitantes acumulan desechos en casa. Las cenas y fiestas se planean según el calendario de recogida de cada barrio –pobre de aquel despistado que coma coliflor o pescado el día equivocado.
Por si fuera poco, los vecinos ejercen su propio control adicional. Tras una década en Bruselas, una inmigrante española cuenta cómo se lo ocurrió, tras una copiosa cena, sacar la basura a su balcón, y la vecina de enfrente se quejó de que la visión de la enorme bolsa blanca al otro lado de la calle le molestaba. “Estoy asustada de que me pongan una multa. Pero no quiero quedarme la basura en casa”, explica una recién llegada que espera hasta la medianoche para llevar la basura a uno de los pocos contenedores que ha encontrado en la ciudad. Este maloliente rito suele ser una de las obsesiones incomprensibles para el extranjero – un ‘shock’ parecido al de, en Nueva York, tener que pagar por las llamadas recibidas que, encima, se cortan continuamente, en Milán, consultar la agenda semanal de huelgas, o en Madrid, entender por qué las comidas no acaban nunca.
La ventaja ecológica o ahorradora también es discutible, ya que hace falta paciencia -y dinero- para comprar bolsas oficiales para cada cosa y esperar una semana a que recojan algunos residuos en una ciudad donde ni siquiera se encuentran contenedores de reciclaje para papel y plásticos. Mi buen colega, y veteranísimo de Bruselas, Fernando Pescador también lo contaba hace un par de años.
Ay, por fin, oigo el sonido celestial del camión de la basura.

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