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MONCADA: CHISPA DE UNA REVOLUCIÓN PROFUNDA, TRASCENDENTE E HISTÓRICA

La celebración del aniversario 55 de los asaltos a los cuarteles Moncada, en la ciudad de Santiago de Cuba, y Carlos M. de Céspedes, en Bayamo, en el oriente de la isla, constituye un momento trascendental para los cubanos.
Como es habitual, un amplio programa de actividades económicas, sociales y culturales se desarrolla en el país para saludar el Día de la Rebeldía Nacional, la más importante de la ínsula junto al 1 de enero.
Históricamente, al acto central por la efeméride asisten miles de personas y es clausurado por los máximos dirigentes de la Revolución cubana, el Comandante en Jefe Fidel Castro o el general de ejército Raúl Castro, líder el primero y participante el segundo de aquella acción intrépida.
En esta ocasión, la sede del acto central corresponde a Santiago de Cuba, de acuerdo con la tradición al cierre de un lustro o una década, pero generalmente es otorgada al territorio ganador de una emulación nacional basada en los principales renglones económicos y sociales.
No obstante, Santiago de Cuba, segunda ciudad más importante del país, exhibe un crecimiento de la producción mercantil de 11 por ciento en lo que va de año, etapa en la se concluyeron los trabajos de construcción o remodelación de 250 instalaciones y se trabaja de forma acelerada en otras 100.
Tanto para el gobierno como para el pueblo cubanos, esa es la mejor forma de saludar el aniversario de la gesta perpetrada el 26 de julio de 1953 como parte del propósito de derrocar la dictadura de Fulgencio Batista (1952-58).

EL MOTIVO

En julio de 1953, la sociedad cubana estaba inmersa en una crisis de sus instituciones políticas y gravísimos problemas sociales, que se agudizaron tras el golpe de Estado pro imperialista del 10 de marzo de 1952 comandado por Batista.
La desastrosa situación socioeconómica que sufría la mayor parte de la población estaba signada por hambre, pobreza, analfabetismo, desempleo, insalubridad…
Según cifras oficiales, el 28 por ciento de la población era analfabeta, predominaban los niños descalzos, semidesnudos y desnutridos, sin escuelas, los maestros sin aula, y la gente no tenía empleo.
A ello se sumó la asonada batistiana, que de un plumazo eliminó la Constitución de 1940, suprimió la Cámara de Representantes y el Senado e interrumpió las actividades de todos los partidos a solo 80 días de unas elecciones generales en las que el favoritismo recaía en el Partido Ortodoxo, agrupación de corte reformista con amplio arraigo en las masas populares.
El control, la amenaza y la represión policial se adueñaron de las calles, mientras la crisis política apuntaba, de forma acelerada, a un callejón sin salida.
Para el entonces joven abogado Fidel Castro, la situación era clara: “Hace falta echar a andar el motor pequeño que eche a andar el motor grande”.
En esa estrategia, el ataque al cuartel Moncada, el segundo enclave militar del país, debía ser aquel “motor pequeño” que desencadenara la lucha armada con la incorporación posterior de las masas, o sea, el “motor grande”.
El propósito fundamental era arrebatarles las armas a la dictadura y entregárselas a la población santiaguera, tal como se preveía hacer simultáneamente en el cuartel bayamés, así como efectuar un llamamiento a la huelga general.
Si no se lograba la paralización del país, el objetivo era después ir hacia las montañas para librar una guerra irregular.

EL ATAQUE

De acuerdo al plan elaborado cuidadosamente por Fidel en la barriada habanera del Vedado, y después de una etapa de entrenamiento que incluyó a más de mil hombres, los seleccionados se trasladaron por grupos hacia Santiago de Cuba, que por aquellos días se encontraba de carnaval, sin conocer cuál era el objetivo a atacar.
Una vez concentrados 120 hombres durante la madrugada del mismo día 26 en la granjita Siboney, en las proximidades de esa urbe y donde estaban escondidas sus armas (fundamentalmente escopetas), Fidel les reveló el plan de asalto al cuartel Moncada, que albergaba a más de mil hombres.
La idea era aprovechar la festividad popular para poder movilizar más fácilmente a las fuerzas rebeldes.
Mientras, otro grupo de 40 hombres se preparaba en Bayamo para atacar de manera simultánea el cuartel de la ciudad.
Alrededor de las 04:45 hora local, casi una veintena de automóviles ocupados por los revolucionarios vestidos con uniformes militares partieron de la granjita Siboney rumbo a la fortaleza santiaguera y a los edificios aledaños del Hospital Civil y la Audiencia.
Sin embargo, la mitad de las fuerzas atacantes y la mejor armada se extravió a la entrada de la ciudad.
También falló el elemento sorpresa, factor decisivo de la operación, al tropezar la avanzada en los alrededores del cuartel con una posta cosaca (de recorrido) –creada a propósito de los carnavales– que vio cómo eran desarmados los guardias de la posta de la entrada a la fortaleza.
Esto provocó que el combate se empezó a desarrollar fuera del cuartel, y no dentro como estaba previsto, lo que dio tiempo a que los soldados organizaran la defensa.
En el desigual combate murieron cinco revolucionarios y otros 56 fueron masacrados, muchos de ellos heridos durante la batalla, en tanto la mayoría de los que lograron escapar para internarse en las montañas, luego fueron capturados y llevados a juicio.

EL JUICIO

Ante la reacción popular en contra de los brutales asesinatos del ejército, la tiranía detuvo sus asesinatos y decidió enjuiciar a Fidel por separado, en una pequeña sala del Hospital Civil, a pocos metros del Palacio de Justicia.
Fidel, principal acusado de la causa 37 de 1953, asumió su propia defensa e ilustró con cifras los principales males de aquella sociedad corrompida, en las áreas de la salud, vivienda, educación, empleo y la tierra.
En el histórico juicio, el líder rebelde defendió su integridad al expresar que llevaba en el corazón las doctrinas del apóstol cubano José Martí.
Su histórico alegato de autodefensa pasó a la posteridad por sus premonitorias palabras de cierre: “Condenadme, no importa, la historia me absolverá”.

EL LEGADO

La audaz acción fracasó en el orden militar, pero marcó el camino (la lucha armada) que sería retomado tres años después y que culminó con el triunfo revolucionario el 1 de enero de 1959.
Entonces, con la tiranía vencida, las vanguardias rebeldes ocuparon el Moncada sin disparar un tiro y poco después el cuartel fue convertido en la actual Ciudad Escolar 26 de Julio.
A medida que se instauraba el nuevo proyecto social se comenzó a materializar el programa expuesto por Fidel durante el juicio y una de las principales tareas que se acometió fue la campaña de alfabetización (1961) y se declaró a Cuba Territorio Libre de Analfabetismo.
Las leyes revolucionarias y una conciencia política superior pronto derivaron en una revolución socialista de absoluta justeza y equidad social, contra la cual no han faltado, en 50 años, las conjuras, los sabotajes, las grandes campañas de prensa, las amenazas exteriores y un bloqueo que ha ocasionado pérdidas a la isla por unos 90 mil millones de dólares.
A 55 años del heroico suceso del 26 de Julio, los cubanos continúan aprendiendo la lección de cómo convertir los reveses en victorias.
Los sueños de la “Generación del Centenario” de Martí fueron encendidos con la chispa del Moncada, que “echó a andar el motor grande” e hizo arder la llama de una Revolución profunda, trascendente e histórica.

Tomado de Radio Reloj

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